diciembre 14, 2017

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¿Por qué nos gustan más los robots cuando meten la pata? | La manzana podrida


Hace unos días, el público asistente a una charla TED sobre robótica parecía estar disfrutando, más bien, de un monólogo de ‘El Club de la Comedia’: mostraron un vídeo en el que un robot se equivocaba, tiraba cajas al suelo y se caía provocando una carcajada generalizada. Y no es de extrañar. Resulta que nos gustan más las máquinas torpes, que meten la pata y terminan rodando por los suelos, como lo demuestra un reciente estudio del Center for Human-Computer Interaction, en Austria. Que cometan errores hace que los veamos más humanos y simpaticemos con ellos. ¿Es el futuro hacerse muy amigo de un robot?

Y es que la reciente conferencia impartida por la empresa de ingeniería y robótica estadounidense Boston Dynamics en TED ha generado más risas que admiración. “Esto ha sido lo más lindo que he visto hacer a un robot. El pobre se esforzó tanto…”, se podía leer en alguna comunidad de internet tras ver la actuación de las máquinas, entre las que se encontraba el famoso Atlas, el robot humanoide bípedo desarrollado con la financiación de la DARPA. El vídeo, convertido en viral, muestra la cantidad de intentos del autómata para realizar labores de oficina correctamente, sin éxito. Pero, ¿por qué los humanos aceptamos mejor a una máquina que falla si no es perfecta?

La respuesta la tienen los investigadores del Center for Human-Computer Interaction de Salzburgo, en Austria, que pusieron a prueba esta hipótesis a través de un experimento: reclutaron a 45 voluntarios para elaborar construcciones de LEGO con la ayuda de un robot humanoide. Sin embargo, programaron a algunos de ellos para que cometieran errores tontos, como repetir ciertas palabras o ser incapaces de coger piezas.

Tanto Nicole Mirnig, la supervisora del estudio, como los técnicos, descubrieron que las personas que más afecto y simpatía mostraban hacia los androides, eran las que tuvieron que lidiar con los que más fallaban, porque los veían más accesibles y, claramente, más humanos. La teoría del equipo es que entra en juego el ‘efecto Pratfall’, el fenómeno que tiene lugar cuando nos atraen los individuos que se equivocan cada cierto tiempo. Vamos, que nos gusta más la gente imperfecta. Incluso cuando no son “gente”, sino robots.

Normalmente, los robots suelen representarse en los medios de comunicación como seres excelentes e insuperables, que vienen dispuestos a robarnos los puestos de trabajo en cuanto nos descuidemos. Sin lugar a dudas, un fiel reflejo de las películas de ciencia ficción, en las que se suele retratar a estos aparatos como maravillas funcionales que, o bien te arreglan la vida, o bien te la destruyen. “Supongo que interactuar con un robot que comete errores nos hace sentir más cerca de la tecnología“, explica Mirnig.

Podemos reírnos lo que queramos de los robots que se caen o son incapaces de apilar unas cajas de informes, pero la realidad es que la mayoría aprenden a base de equivocarse continuamente. La apabullante diferencia entre un humano y una máquina es la tenacidad: aunque los autómatas lo hayan intentado 50 veces sin lograr la victoria, están programados para seguir en la lucha hasta conseguirlo, porque los fracasos no les desmoralizan, claro

Puedes apostar que Atlas no se rindió y permaneció durante horas intentando mover bien una caja. No imaginas lo duro que es el entrenamiento de este robot y sus compañeros. De hecho, y tal y como se puede ver en el vídeo anterior, así es como Boston Dynamics prepara a sus robots para que aprendan, incluso haciéndolos torear con muleta y estoque, como ocurre en una de las pruebas a las que someten al Wildcat, el robot cuadrúpedo más rápido de la casa. Eso sí que es aguante. ¿Tomarán buena nota los robots para vengarse un día de nosotros?

No obstante, los de Boston Dynamics no son los únicos robots que provocan carcajadas durante su proceso de aprendizaje. De hecho, existen varios en la cola por conseguir llevarse mejor con el equilibrio, o subiendo escaleras. Aquí, a nuestro amigo Asimo parece que todo le irá bien, pero no. ¿Te echamos una mano, criatura?

Y es que, a decir verdad, a los robots les pasa un poco como a los seres humanos: antes de aprender a andar, se suelen dar algún que otro batacazo contra el suelo. Incluso cuando imitan la anatomía de un arácnido, la relación de los robots con la gravedad no deja de ser un problema:

De hecho, poco importa a qué ser vivo imiten los robots de hoy en día. Sirva de muestra esta serpiente robótica construida con piezas de Lego que consigue algo, a priori, difícil siendo una serpiente: caerse cuando va reptando por el suelo.

Pero hay robots que no solo se caen, sino que además fallan estrepitosamente en su cometido. Es el caso de este dispensador automático de ketchup, que no apunta en la dirección correcta y, si lo hace, termina disparando salsa hacia todas partes menos hacia el perrito caliente. Te sale más a cuentas hacerlo de la forma tradicional: con tus propias manos.

Un robot que evita errar gracias a nuestro cerebro

Así, una posible estrategia para hacer que los robots no despierten tantos recelos entre los humanos podría ser que las compañías los programen para fallen de vez en cuando. De esta manera, los veríamos más como iguales que como a entes superiores. Pero ya existe quien ha ido más allá para crear a Baxter, un robot que aprende a base de decisiones que no son suyas, sino de un humano con electrodos en la cabeza.

Actualmente, comunicarse con una máquina conlleva escribir o pronunciar (en el mejor de los casos) ciertos comandos, lo que implica un intervalo de tiempo para procesar la orden. Pero con esta configuración, este sujeto de largos brazos sabe cuándo va a cometer un error porque detecta un cambio en la actividad del cerebro del individuo. Y todo en tiempo real.

“Es una nueva forma de controlar al robot, que me gusta pensar que es natural, ya que nuestro objetivo es que el robot se adapte a lo que el ser humano desearía hacer”, comenta la investigadora Daniela Rus, investigadora del MIT y coautora del estudio con Baxter. El ser humano y la máquina no se comunican con el habla, sino con las señales eléctricas que preceden al habla. El desafío ahora es socializarlos, porque cada vez nos relacionaremos más con ellos.

“No queremos tener que usar explícitamente señales verbales o darle a un botón, algo un poco artificial, para que el humano se comunique con el robot”, añade Stephanie Gil, otra de las responsables del desarrollo de Baxter. “Queremos que el proceso sea natural y casi transparente“. Y es que no hay nada es más cristalino que un robot que nos lea la mente. Aunque esperemos que no aprenda a cotillear más de la cuenta. Y que siga cayéndose de vez en cuando para que nos parezca simpático.

Con información de The Verge, Technology Review, Wired y Center for Human-Computer Interaction. Las imágenes son propiedad, por orden de aparición, de Steve Jurvetson (1 y 3) y Center for Human-Computer Interaction.

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Soy uno de los administradores de La manzana podrida, y quiero dejar en claro que a pesar de que en esta web se hable de política yo soy un ser apolítico y es que a veces es mejor ver las cosas desde fuera, contrario a lo que muchos dicen, sigue leyendo la manzana y comprenderás mis palabras.

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