enero 21, 2018

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Paradoja y democracia | La manzana podrida


Quizás por el sentimiento traumático tras el procès catalán, quizás porque tengo que preparar con premura un curso titulado “Bases filosóficas de la teoría política” para futuros periodistas, quizás, simplemente, porque no hay forma de evitar la tensión cotidiana que provocan las redes, los medios, la vida social misma, he dedicado estos días a releer a quienes han notado que la política se sostiene sobre una trama de paradojas que explican la fragilidad de nuestras sociedades presionadas por el autoritarismo y la amenaza del desorden de lo que suele adjetivarse como “estados fracasados”. El caso es que he pasado largo tiempo entre lecturas y, sobre todo, atendiendo a los vídeos que en YouTube ha subido Paco Ignacio Taibo II, mi admirado activista político-cultural mexicano. Su movimiento MORENA (Movimiento por la Regeneración Nacional) y su Brigada para Leer en Libertad, congregan bajo carpas movibles a miles de personas por Ciudad de México y alrededores, en los más recónditos foros, rememorando la historia, discutiendo el presente y, sobre todo, preguntándose por las circunstancias del presente. Envidio esas formas de activismo que tratan de movilizar la razón y la capacidad de hablar y escuchar en los márgenes de las formas instituidas y burocráticas de la política.

He sentido siempre una desbordada admiración por la profunda sabiduría que recorre México, un país que sobrevive reiteradamente a sí mismo y a las tensiones que nacen no solo de las fracturas y contradicciones que vienen de su pasado colonial, sino de la clara  realidad de cómo las paradojas de la política se hacen mucho más visibles que en otros lugares, la Comunidad Europea, por ejemplo, donde son apantalladas por una superestructura de aparente estabilidad. Me refiero a las paradojas que nacen de las dos grandes corrientes históricas sobre las que se construyen los estados contemporáneos: la corriente liberal, que conduce a los estados de derecho, y la corriente democrática que plantea continuamente la demanda de la soberanía popular, la cuestión del poder de quienes no tienen poder y los derechos de quienes no tienen derechos.

A quienes hemos vivido la historia española contemporánea, desde sus orígenes franquistas, pasando por la larga Transición hasta la crisis actual de agotamiento de un sistema, nos cuesta entender las tensiones que crean las aspiraciones de la sociedad liberal y las de la sociedad democrática. Al menos hasta los tiempos recientes en que se han hecho visibles a causa de los conflictos en los que vivimos. Hemos unido la equivalencia de las reivindicaciones de la sociedad garante de los derechos y las libertades de expresión, y conciencia con las reivindicaciones de democracia y de reparto del poder, sin notar que bajo nuestras constituciones, nacidas de pactos bajo tensiones de fuerzas contradictoras, no son sino formas particulares de establecer arreglos de supervivencia que en momentos de crisis dejan mostrar sus costuras apresuradamente hilvanadas.

Sabemos por la historia, sea general, sea particular de las ideas y del pensamiento político, que las ideas de libertad y de derechos son conquistas teóricas y prácticas de las sociedades modernas. Nacen y se desarrollan de modo histórico y contingente unidas a la reivindicación de un modelo de persona que identificamos con el individualismo. El liberalismo como filosofía nace como reivindicación de los derechos de opinión y creencia, tras las crueles guerras religiosas que recorren la modernidad, pero también, no lo olvidemos, como reivindicación de los derechos de propiedad y de libre comercio frente a los despotismos de los estados estamentales y los viejos imperios. Más tarde, los nuevos liberalismos, desde Stuart Mill a Rawls, tratan de elaborar equilibrios entre las garantías de los derechos individuales y una cierta protección de los más débiles. Han constituido la fundamentación básica de las ideas de estados de derecho que han permitido elaborar las formas de los estados que llamamos “occidentales”.

La idea de democracia, por su parte, tiene un origen tan viejo, si no más, que la de libertad. Nació, como sabemos, en la Grecia clásica como reivindicación de la colectividad de los ciudadanos de la polis contra el poder de la aristocracia. También en la Roma republicana se extendió, y llevó a alguna guerra civil, para reivindicar el poder de la plebe frente a los patricios. La Revolución Americana y sobre todo la Francesa fueron las manifestaciones modernas de la reivindicación democrática. Nacen en la formación de un poder alternativo que se constituye como demos (“nosotros, el pueblo”) y se declara con capacidad para instituir una nueva ley. Desde entonces, la idea de democracia como poder soberano del pueblo ha sido invocada cada vez que la conciencia de los excluidos por la forma del estado o por la dominación colonial o racial ha llevado a la insurrección de la plebe contra los patricios de cada tiempo y lugar.

Desde sus orígenes, estas dos reivindicaciones y los movimientos que las sostienen se entrecruzan en juego de colaboraciones, desconfianzas y restricciones. No se entiende la Europa contemporánea sin las reacciones que suscitó el desbordamiento de la plebe parisina al orden republicano de los ilustrados, basado en las ideas liberales. La democracia, desde entonces, se somete a un control estricto para que no atente contra los derechos básicos, que n cada momento se van ordenan y jerarquizan dependiendo del poder hegemónico. En el siglo de las revoluciones, que alcanza hasta el siglo XX avanzado, las tensiones entre libertades individuales y expresiones de soberanía popular se hacen puntualmente patentes en múltiples episodios históricos, muchas veces en forma trágica, por ejemplo en la Revolución Mexicana (entre el liberal Madero y los populismos de Villa y Zapata o en la II República Española (entre el liberal Azaña y las varias explosiones de reivindicación democrática).

Es muy interesante comprobar como la tensión atraviesa en los dos sentidos la frontera entre la derecha y la izquierda. En la época contemporánea, hay movimientos que atentan contra las libertades tanto desde la derecha como desde la izquierda. El argumento persistente del liberalismo ha sido una suerte de imaginario utópico de una forma de democracia controlada que preserve las libertades y formas aceptables de participación popular sin desbordamiento ni desorden. También es interesante comprobar el efecto contrario: cómo tantas veces desde el estado liberal se han reprimido o suprimido las expresiones y reivindicaciones democráticas. No entenderíamos la crisis de las democracias, que ya Norberto Bobbio teorizó, sin darnos cuenta que los estados de derecho y libertades están atravesados por poderes ocultos, por corrupciones y por invasiones del poder económico sobre el político.

Tal vez la expresión más directa de la tensión se haga presente en las nuevas formas que suceden al final de la Guerra Fría, las que calificamos como formas neoliberales. El estado neoliberal es, por su propia definición, una imposición del juego libre en todos los ámbitos de la vida. Su modelo darwinista impone la libre competencia como mano oculta que a medio plazo llevará a un orden social y a un equilibrio razonable. En este sentido, la inundación de los modos de mercado en todos los entresijos de la trama social se acompaña con una suerte de determinismo que deja en manos de la mano oculta de la competencia el logro del orden social. Paradójicamente, este modelo no se puede imponer sin un crecimiento desmesurado del poder estatal que invade todos los ámbitos de lo social a través del control militar, policial, a través de protocolos, de sistemas de consultoría y control con el objetivo de garantizar la “competencia”. De hecho, para garantizar que no se formen colectividades y movimientos de resistencia común. En este sentido, fue ilustrativa la imposición militar de la “democracia” a través de guerras para instaurar constituciones liberales en países que estratégicamente se consideraban imprescindibles en el nuevo orden mundial.

Que esta tensión es constitutiva es algo que debe ser no solamente comprendido sino también enseñado y continuamente recordado. La socialdemocracia y sus terceras vías lo olvidaron hace tiempo y colaboraron en la construcción de unas formas políticas orientadas a la desmovilización democrática, a la instauración de un enorme sistema de control dedicado a proteger la libertad del mercado pero no las libertades individuales. Curiosamente, los viejos lemas de las viejas revoluciones plebeyas entendían muy bien que la condición de emancipación exige vivir la contradicción. Cuando los revolucionarios mexicanos y españoles gritaban “¡tierra y libertad!” sabían muy bien que las demandas de la plebe necesitan estos dos polos.

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Soy uno de los administradores de La manzana podrida, y quiero dejar en claro que a pesar de que en esta web se hable de política yo soy un ser apolítico y es que a veces es mejor ver las cosas desde fuera, contrario a lo que muchos dicen, sigue leyendo la manzana y comprenderás mis palabras.

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